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El cuento de la gitana

Durante la celebración anual en Zaragosa de Viera, mi ciudad desde que tengo memoria, llegó una gitana.  Quien a un precio razonable me vendió un pequeño zapato, bastante curioso por cierto. Un modelo que antes no había visto. Su cuero cocido era suelto formando pliegues. Con la fina y delgada punta arqueada hacia arriba y su tamaño minúsculo lo acercaba más a un adorno de juguete.
Me dijo que lo remojara en agua para que recupere su tamaño original. Dicho y hecho, creció. <<Cuando vuelva al tamaño deseado, ubíquelo en la entrada de la puerta principal de su vivienda, puesto allí, estará listo para ser escogido por la persona indicada, quien la amará con sinceridad>>.
Por años creí como una tonta en ese cuento sin que se vuelva realidad. Bueno, a los quince una sigue imaginando boberías. Hasta que… al regresar de unas clases complementarias, contaba ya con veinticinco primaveras, hallé un mensaje de un extraño desconocido que así decía: Señora mía, sabrá disculpar usted los daños menores causados en su propiedad, pero me atreví a intervenir en su hogar al ser esta blanco de ladrones a quienes detuve con éxito en mi paso por su histórica ciudad. A ellos ya los retiene la Guardia Nacional. Pero antes de emprender la marcha me atreví a llevar conmigo su fabuloso y excéntrico zapato. Pues he de revelarle que es parecido al calzado faltante en la indumentaria de mi retirado padre. Lo usaba en las zonas alejadas de condados e intendencias durante noches enteras ofreciendo su vigilancia a los más vulnerables, situación extrema en la que perdió uno. Sobretodo porque de este modo buscaba a su hija, hermana mía, extraviada en una lamentable persecución donde lo incriminaron con farsas e intentaron ajusticiarlo viles embusteros en la época que servía al gobernador de turno. Creo, a causa de la intriga, en que ambos seamos capaces de resolver este penoso asunto que apenas va dejando pistas. 

Atte: …
Entonces comprendí que a veces los cuentos tienen algo de verdad.

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