—Lo estábamos esperando jefe.
—¿Qué hay Martínez? ¿Cuál es el informe?
—Desconcertante, una escena de horror con patrones repetitivos en casos anteriores que debería revisar. Fue masivo, sangre en cantidades desproporcionadas alrededor del campo.
—Se oye interesante mi estimado. Ahora, al grano.
—Nos estancamos con un procedimiento. Ya sabe que su palabra es la que se toma en cuenta, por eso decidí llamarle. Hallamos quince fogatas, cada una con diez o trece personas a su alrededor, muchas degolladas, otras muestran cortes de hachas, cuchillos, lanzas y un grupo con heridas por armas de fuego. Dejaron los cuerpos dispersos. Al parecer atacaron de noche cuando todos dormían.
—Los asaltaron desprevenidos, plan astuto.
—Pero hay pruebas de que se defendieron. Siete muertos son del bando de asaltantes.
El mayor se acerca a una fogata todavía humeante. Una víctima se mueve entre el resto, seguía viva e intentaba decir algunas palabras.
—Durán páseme ese objeto que tiene a su costado.
—¿Está seguro? —le cuestiona Neyra.
—Apresúrese. ¡No hay tiempo!
El subordinado accede y una vez entregado el objeto al jefe, diestro en el oficio, comienza a clavar múltiples estocadas entre gemidos, pataleos, y lamentos hasta abrirle el pecho al infortunado sobreviviente.
Suelta la lanza, procede a limpiarse largo rato. Luego dicta las órdenes retomando su evaluación.
—Desaprobados. Eso agrega en el informe final. Los restos debieron quedar irreconocibles, calcinados.
Los miembros deben ser insuperables. Es la institución sagrada, nunca lo olviden, la mejor, somos la liga de asesinos que esta sociedad exige. Los que purifican este mundo. Desde que matar es derecho y obligación, no podemos descansar.
—¿Qué hay Martínez? ¿Cuál es el informe?
—Desconcertante, una escena de horror con patrones repetitivos en casos anteriores que debería revisar. Fue masivo, sangre en cantidades desproporcionadas alrededor del campo.
—Se oye interesante mi estimado. Ahora, al grano.
—Nos estancamos con un procedimiento. Ya sabe que su palabra es la que se toma en cuenta, por eso decidí llamarle. Hallamos quince fogatas, cada una con diez o trece personas a su alrededor, muchas degolladas, otras muestran cortes de hachas, cuchillos, lanzas y un grupo con heridas por armas de fuego. Dejaron los cuerpos dispersos. Al parecer atacaron de noche cuando todos dormían.
—Los asaltaron desprevenidos, plan astuto.
—Pero hay pruebas de que se defendieron. Siete muertos son del bando de asaltantes.
El mayor se acerca a una fogata todavía humeante. Una víctima se mueve entre el resto, seguía viva e intentaba decir algunas palabras.
—Durán páseme ese objeto que tiene a su costado.
—¿Está seguro? —le cuestiona Neyra.
—Apresúrese. ¡No hay tiempo!
El subordinado accede y una vez entregado el objeto al jefe, diestro en el oficio, comienza a clavar múltiples estocadas entre gemidos, pataleos, y lamentos hasta abrirle el pecho al infortunado sobreviviente.
Suelta la lanza, procede a limpiarse largo rato. Luego dicta las órdenes retomando su evaluación.
—Desaprobados. Eso agrega en el informe final. Los restos debieron quedar irreconocibles, calcinados.
Los miembros deben ser insuperables. Es la institución sagrada, nunca lo olviden, la mejor, somos la liga de asesinos que esta sociedad exige. Los que purifican este mundo. Desde que matar es derecho y obligación, no podemos descansar.

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